“Sin mentir en nadita le aseguro
que yo lo vi todo, era una cara de las que pocas veces se ven por estos rumbos,
estaba como loca, hablaba sola y no se le entendía ni una sola palabra. Le juro
que no es broma patrón, mis ojos la vieron pasar por aquí. Usté sabe que yo
siempre le hablo derecho… ¿Por qué no me cree?”. Decía Filomeno a Octaviano, el
dueño de la Abarrotera.
Hacía unos meses que “Marianita”
no aparecía en ningún lado y Don Octaviano contrato a todos los hombres que le
alcanzaron para buscarla y encontrarla; pero ninguno había dado noticias hasta
que Filomeno dio la primera reseña. Digo la primera porque después le siguió
Doña Catita, la tamalera, que por las madrugadas cargaba su canasto para salir
al templo a vender, ahí fue donde la vio.
“Corría como si le hubieran
encendido un cohete por atrás, usted perdonará mi Octaviano, pero no encuentro
otra manera de explicarlo. Parece que me vio pero no estoy segura porque del
susto me cubrí con el rebozo; hasta los tamales, por poco, iban a salir volando”.
Dijo Doña Catita muy segura de sus afirmaciones y yo sólo me quedé callado,
apuntando.
“Apúntale bien, con lujo de
detalle”. Me exigía severamente Don Octaviano, y yo lo hacía, no había de otra,
según el Padre Casillo era mi obligación cristiana apoyar a los feligreses, aún
más en vísperas de la fiesta del pueblo, donde Don Octaviano se encargaba de
surtir con buen dinero las exigencias del párroco. Y Marianita seguía corriendo como loca.
¡Santo Dios! ¡Como loca!
La verdad es que yo también la
vi. Era una mañana de Enero, calaba el frío en los huesos y arrugaba la piel,
lacerándola en finas llagas de resequedad. La vi sentada frente al kiosco de la
Presidencia, también lacerada. Parecía como entre muerta y viva, pero no
gritaba, no hacía nada. Me acerqué lentamente. La toqué, pero ella no hacía
nada. Sólo lloraba.
“Marianita”. Susurré. Pero sólo
lloraba. “Te estamos buscando, vamos pa’ tu casa, con tu apá”. Volví a decir,
pero no me hacía caso. Entre escalofríos (que no sé qué demonios me los
provocaba) y sus sollozos alcancé a escuchar que decía: “Escóndeme”. Volvió su
mirada hacia mí y sentí dolor. Un dolor penetrante, que me impulsó a sostenerla
en mis hombros y llevarla lento. Ella seguía sollozando. Cortaba pequeñas
frases inteligibles entre cada suspiro. Yo no sabía qué hacer y sólo se me
ocurrió meterla en el cobertizo de la paja. Le propuse dejarla ahí sólo una
noche. Y desde ese día ahí ha estado. No le doy de comer porque no come nada.
Le doy de beber y tampoco bebe. Les digo que parece muerta y viva a la vez.
Mas no le conté nada al pueblo,
ni siquiera a Don Octaviano. Pues han de saber ustedes que él planeaba una
venganza. “Todos le hicieron daño Samuelito”. Me decía en secreto. “Por eso su
alma se ha encallado en este miserable pueblo de hipócritas, pero mentirán para
salvar su conciencia, lo sé y hasta que no acabe con esto Marianita no se irá a
la tumba”.
Un miedo terrible cogió mis
nervios y los erizó cuando, por último, Don Octaviano me dejó claro que todos
pagarían, hasta el que le había privado de su sepultura, el que se la llevó a
escondidas, muerta; entre muerta y viva en mi cobertizo.
