domingo, 13 de enero de 2013

La muerta



“Sin mentir en nadita le aseguro que yo lo vi todo, era una cara de las que pocas veces se ven por estos rumbos, estaba como loca, hablaba sola y no se le entendía ni una sola palabra. Le juro que no es broma patrón, mis ojos la vieron pasar por aquí. Usté sabe que yo siempre le hablo derecho… ¿Por qué no me cree?”. Decía Filomeno a Octaviano, el dueño de la Abarrotera.
Hacía unos meses que “Marianita” no aparecía en ningún lado y Don Octaviano contrato a todos los hombres que le alcanzaron para buscarla y encontrarla; pero ninguno había dado noticias hasta que Filomeno dio la primera reseña. Digo la primera porque después le siguió Doña Catita, la tamalera, que por las madrugadas cargaba su canasto para salir al templo a vender, ahí fue donde la vio.
“Corría como si le hubieran encendido un cohete por atrás, usted perdonará mi Octaviano, pero no encuentro otra manera de explicarlo. Parece que me vio pero no estoy segura porque del susto me cubrí con el rebozo; hasta los tamales, por poco, iban a salir volando”. Dijo Doña Catita muy segura de sus afirmaciones y yo sólo me quedé callado, apuntando.
“Apúntale bien, con lujo de detalle”. Me exigía severamente Don Octaviano, y yo lo hacía, no había de otra, según el Padre Casillo era mi obligación cristiana apoyar a los feligreses, aún más en vísperas de la fiesta del pueblo, donde Don Octaviano se encargaba de surtir con buen dinero las exigencias del párroco.  Y Marianita seguía corriendo como loca. ¡Santo Dios! ¡Como loca!
La verdad es que yo también la vi. Era una mañana de Enero, calaba el frío en los huesos y arrugaba la piel, lacerándola en finas llagas de resequedad. La vi sentada frente al kiosco de la Presidencia, también lacerada. Parecía como entre muerta y viva, pero no gritaba, no hacía nada. Me acerqué lentamente. La toqué, pero ella no hacía nada. Sólo lloraba.
“Marianita”. Susurré. Pero sólo lloraba. “Te estamos buscando, vamos pa’ tu casa, con tu apá”. Volví a decir, pero no me hacía caso. Entre escalofríos (que no sé qué demonios me los provocaba) y sus sollozos alcancé a escuchar que decía: “Escóndeme”. Volvió su mirada hacia mí y sentí dolor. Un dolor penetrante, que me impulsó a sostenerla en mis hombros y llevarla lento. Ella seguía sollozando. Cortaba pequeñas frases inteligibles entre cada suspiro. Yo no sabía qué hacer y sólo se me ocurrió meterla en el cobertizo de la paja. Le propuse dejarla ahí sólo una noche. Y desde ese día ahí ha estado. No le doy de comer porque no come nada. Le doy de beber y tampoco bebe. Les digo que parece muerta y viva a la vez.
Mas no le conté nada al pueblo, ni siquiera a Don Octaviano. Pues han de saber ustedes que él planeaba una venganza. “Todos le hicieron daño Samuelito”. Me decía en secreto. “Por eso su alma se ha encallado en este miserable pueblo de hipócritas, pero mentirán para salvar su conciencia, lo sé y hasta que no acabe con esto Marianita no se irá a la tumba”.
Un miedo terrible cogió mis nervios y los erizó cuando, por último, Don Octaviano me dejó claro que todos pagarían, hasta el que le había privado de su sepultura, el que se la llevó a escondidas, muerta; entre muerta y viva en mi cobertizo.