Sólo hacen falta los errores correctos en el tiempo correcto y en el estado anímico correcto para desencadenar un tremendo caos emocional y personal. Muchas veces la culpa es algo subjetiva y no puede involucrar a una sola persona, ni a un sólo motivo. Es sabido que se conjuntan en un "todo" las pequeñas experiencias de la vida pues nada pasa por casualidad. Las experiencias malas siempre conllevan a levantarse con más ahínco y las buenas a motivar estos pasos; pero siempre, siempre suceden por alguna razón.
Juzgar los orgullos de cada uno de los involucrados o el propio es cosa inútil, nunca se es demasiado honesto ni humilde para satisfacer una resolución en la que aceptemos que también por nuestra parte hubo daños y que somos causantes de que en una acción suceda una reacción, como ya dije, nada pasa porque sí.
El mal sabor de boca que nos sucede una ruptura (por muy pequeña que sea) hace verla como un "Total". Se pierden las ganas de seguir, las ilusiones y el amor propio. Pareciera que estamos muertos en vida y la única solución para ello es desaparecer.
Si se piensa, sólo hace falta tiempo para que todo vuelva a la normalidad. La paciencia hace al hombre fuerte y la marea se tranquiliza. Si actuamos en los momentos donde las emociones están al límite podemos cometer errores y ser imprudentes, sólo hace falta que los ánimos se tranquilicen, se reflexionen las soluciones y se actúe conforme la cordialidad lo dicte. Si no hay solución ya habremos madurado lo suficiente para aceptar la derrota y no ser fatalistas. Lo que lo determina es el tiempo. Unos requieren mucho, otros sólo un poco, pero es necesario que exista pues no hay peor enemigo que la desesperación.
Por el momento hay que velar!
